No cambiamos perros, cambiamos la manera de entenderlos.
Por Thay Cabrera y Pascale Saravelli, educadores canina y directores de Social Dogs Mallorca.

Cuando una familia nos llama por primera vez, la conversación suele empezar de la misma manera: "Mi perro tiene un problema."
Tira de la correa, ladra cuando se queda solo, tiene miedo de otros perros, reacciona durante los paseos o simplemente no hace caso.
Y es completamente normal pensar que el problema está en el perro. Sin embargo, después de muchos años trabajando con cientos de familias, hemos aprendido algo que cambió por completo nuestra forma de entender esta profesión.
Los perros no hacen las cosas para desafiarnos, manipularnos o ponernos a prueba. Se comportan en función de lo que sienten, de lo que han aprendido y de cómo perciben el mundo que les rodea.
Por eso, nuestro trabajo nunca empieza preguntándonos cómo hacer que un perro deje de comportarse de una determinada manera. Empieza con una pregunta mucho más importante. ¿Por qué se está comportando así?
La respuesta puede estar en el miedo, en la frustración, en una experiencia negativa, en unas necesidades que no están siendo cubiertas, en un problema de salud o sencillamente en un malentendido entre dos especies que perciben el mundo de formas muy diferentes. Y ahí es donde comienza nuestro verdadero trabajo.
No creemos en recetas universales. Cada perro tiene una historia distinta, una personalidad única y una familia diferente. Un cachorro no necesita lo mismo que un perro senior. Un perro con ansiedad por separación no necesita el mismo acompañamiento que uno con miedo a las personas. Una misma conducta puede tener causas completamente distintas en dos perros diferentes.

Por eso no trabajamos solo con perros, trabajamos con personas. Porque son ellas quienes conviven con el perro cada día, quienes aprenden a interpretar su lenguaje corporal, a comprender sus emociones y a ofrecerle las herramientas que necesita para sentirse más seguro y desenvolverse con confianza en el mundo que le rodea.
Nuestra formación también ha ido mucho más allá de la educación canina. Nos hemos especializado en etología, antrozoología —la ciencia que estudia la relación entre las personas y los animales— y en ansiedad por separación, una de las alteraciones emocionales más complejas y frecuentes que pueden afectar a un perro. Muy pronto, además, pondremos en marcha un servicio de acompañamiento en duelo animal, porque creemos que el vínculo con un perro también merece ser acompañado cuando llega el momento de despedirse.

Nuestra forma de trabajar se basa en la ciencia del comportamiento, el bienestar animal y el profundo respeto por cada individuo. Creemos que educar no consiste en imponer, sino en enseñar; que comprender siempre es más útil que castigar; y que una buena relación se construye sobre la confianza, no sobre el miedo.
A menudo, el mayor cambio no ocurre en el perro. Ocurre en la forma en que su familia empieza a mirarlo. De repente, un ladrido deja de ser un desafío y se convierte en una forma de comunicación. Un paseo deja de ser una lucha para convertirse en una oportunidad de descubrir el mundo juntos. Y aquello que parecía un problema empieza a tener una explicación.
No creemos en perros perfectos. Creemos en perros comprendidos.
Porque cuando entendemos por qué un perro hace lo que hace, deja de ser un problema que resolver y se convierte en un compañero al que podemos ayudar. Y, curiosamente, es entonces cuando empiezan a ocurrir los cambios más importantes. En el perro y también en las personas.
Porque, en realidad, no trabajamos únicamente con perros.
Trabajamos con uno de los vínculos más extraordinarios que existen: el que une a un perro con su familia.





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